En ese momento, Sancho tuvo un presentimiento. Algo no andaba bien.
Su señor le precedía como punta de lanza que busca clavarse en sí misma.
El ambiente quedó congelado en un raro silencio. O puede que el silencio sólo ocurriera en su cabeza.
Cuando vio los molinos asomar por la colina, Sancho sintió un agudo malestar que se extendió por todo su cuerpo.
Entonces, sucedió.
Don Quijote se puso a vocear como un loco, diciendo que la molinos eran gigantes.
Sancho , a su vez, le gritaba a su señor que no, no eran gigantes sino molinos.
En aquel momento de gran desorden y confusión, Don Quijote dio la vuelta hacia su escudero, y tal era la expresión de miedo de su cara y sus gritos, que Sancho entró en el mismo pánico que su señor.
La delirante escena creció hasta tal punto que, por un momento, él también creyó ver que los molinos eran monstruosos gigantes.
Así que no le quedó otro remedio que quitarle la lanza a su señor y lanzarse, con su jumento, al encuentro de una gloria inesperada.