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jueves, 26 de abril de 2018

EL ESCLAVO


Allí, en la plantación de algodón, el esclavo cuenta las horas como si fuesen años. Su vida no es vida, el sufrimiento es el alimento diario. Todos los días son el mismo día desquiciado, allí, rodeado del dolor de espaldas laceradas y continuas humillaciones.
Y ya no aguanta más. Lo ha decidido.
Esta noche, después del toque de queda, dejará el látigo y se irá de allí.

lunes, 23 de abril de 2018

LOCO, PERO NO TANTO.


Don Quijote estaba loco, pero no demasiado. Apenas había iniciado su andadura por el mundo cuando se dio cuenta de la diferencia entre leer historias de caballería y vivir esas mismas historias en carne y hueso. Leyendo novelas no sentía hambre ni frío, ni las duras jornadas montado en un caballo, viejo y flaco.
Si no fuese porque Sancho le acompaña, seguro que se habría vuelto a casa decepcionado. En eso pensaba cuando llegaron a los molinos.
Hubiese dado cinco años de su vida porque esos molinos, tan viejos y desvencijados, fuesen en realidad unos monstruosos gigantes, como los que mostraban sus libros de caballerías.
Pero no, la vida real era triste y simple como su misma vida.
Entonces, sin apenas pensamiento, se encendió la chispa en su cabeza.
Espoleó a su caballo y se lanzó, gritando como un energúmeno, contra aquellos gigantescos y monstruosos molinos de viento.

¡VENGA, ARREMETE!


Don Quijote duda. Se siente ridículo allí, sentado sobre lo que más parece la sombra de un caballo, con una lanza que no sabe manejar.
Sancho le observa con la mirada dura mientras le increpa: ¡vamos, hombre! Que son molinos... Sí, ya lo sé, le grita D. Quijote, pero ¡mira qué aspas!
Sancho Panza ya está cansado de aguantar a ese fantoche, pero sigue escribiendo cada noche lo que es, claramente, una exageración de cada tontería que les ocurre a diario.
Entonces, los molinos serán gigantes... ¡Qué aburrimiento!.
Pero no le queda más remedio que seguir con el cuento. Total, no hay otra cosa qué hacer.
Pero, vamos, que en cualquier momento se queda por ahí, tirado en una posada, borracho y tan perdido como él mismo.
Hace calor, y la vista se pierde en el horizonte.
Sancho le grita: ¡Venga, arremete! Que se está haciendo de noche. Pero D. Quijote se lo está pensando... 
Mejor estaría yaciendo con su amor, Dulcinea, en vez de seguir con este loco.

domingo, 15 de abril de 2018

D. QUIJOTE, EL ESCRITOR


Alonso Quijano pasa sus días agobiado por el lento discurrir del tiempo. No halla nada en lo que pueda usar su alocada imaginación, y el pueblo le atenaza con su terca simpleza. Se aburre, eso es lo que le pasa. Tan sólo la joven Dulcinea es capaz de levantarle el ánimo, aunque aún no ha sido correspondido. Y por la pinta que tiene este asunto, la cosa va para rato. Para colmo, Sancho, su único amigo, siempre se encuentra enfrascado en tareas del campo. Y, además, no es alguien que le dé la réplica intelectual que necesita. Así que, un buen día, Alonso decide escribir una novela sobre un hombre inquieto, como él mismo. Así es como escribe su, mundialmente famosa, novela sobre un hombre, Don Miguel de Cervantes Saavedra, que nace en Alcalá de Henares, que huye a Italia por haber herido a un hombre, que se alista y lucha en la batalla de Lepanto, y que es apresado y encarcelado en Argel. A pesar del éxito obtenido con la novela, malvivió durante toda su vida, aún con la ocasional ayuda de algunos mecenas de la nobleza.

LA EXCEPCIÓN


Diego deambula por las calles de su pueblo alfombrando las calles con sus improperios. Dicen que está loco, y tiene toda la pinta. Habla por lo bajini todo el tiempo, y de vez en cuando, grita esas cosas para mayores de dieciocho años. En su cháchara obscena se acuerda de todos los estratos sagrados que conforman el imaginario cristiano; son mencionados los santos, las monjas, papas, curas, ángeles y arcángeles. Las familias con hijos prefieren cambiar de acera, ya que no pueden cambiar de pueblo. Pero un día al año, Diego parece curado. Se levanta temprano, se arregla y se dirige a la iglesia. Reza, se confiesa y comulga como cualquiera. Ese día no dice ni pio. Pero a la mañana siguiente, después del descanso, vuelve a recorrer las calles de ese pueblo olvidado por dios y por el diablo, con el ánimo renovado y la boca repleta de disparos.